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Pegalajar, Jaén, Spain
Gracias por venir a recorrer estos senderos literarios que han brotado de una fontana silenciosa, sedienta de emoción y de calma. Gracias por leer estos poemas, por beber su aliento, por respirar su aroma, por destilar su esencia, por libar su néctar. Sabed que han brotado de un corazón anhelante que sueña con ser luz y ternura, primavera y sueño, calidez y verso. Mientras lo consigo sigo escribiendo, soñando, amando, enseñando, viviendo y cantando a la vida y al amor, al mar y a la tierra, a la tristeza y al llanto, al suspiro de la brisa y al deseo de los espejos, a la melancolía y a la nostalgia. La vida es como un poema que, en unas ocasiones, nos abre las puertas de paraísos ignotos, de hermosas praderas cuajadas de florecillas silvestres, de exóticos jardines, de luminosas estancias donde germinan los sueños y donde se gesta el amor, pero en otras nos aboca al temblor de los fracasos, al dolor de las heridas, al vacío de las ausencias, al llanto de las tormentas, al furor de las ventiscas, al horror de las contiendas y a la tupida oscuridad de una noche sin luceros. Espero que seas feliz mientras bebes agua de los manantiales de la poesía, de las fontanas del verso.

NARRATIVA


SUEÑOS DE GRANDEZA
 
 
 

Entré en el chalet. La señora estaba sola. Se levantó y fue al baño. Lancé el secador conectado a la bañera. Se revolvió aterrada y se quedó inerte. Mi novia y yo habíamos pactado asesinarla para desvalijar la caja fuerte. Oí llegar nuestro coche. Era ella.
 –¿Has hecho el trabajo? –preguntó.
 –Sí –respondí.
 Advertí que con ella venía el dueño de la casa. El hombre sacó un revólver y me disparó. Así acabaron mis sueños de grandeza.
(MICRORRELATO PUBLICADO EN EL LIBRO DE MICRORRELATOS "ÉRASE UNA VEZ...UN MICROCUENTO II"  DE LA EDITORIAL DIVERSIDAD LITERARIA)

 
                                                        SER INVISIBLE




 Todos los días laborales imparto clases. Soy maestra.
Después de superar una intervención quirúrgica, volví al colegio y entré en mi escuela. Esperaba que mis alumnos me recibieran calurosamente. No fue así.
Comencé la clase, pero el alumnado no atendía. Había mucho alboroto. Intenté poner orden. No lo conseguí. El jaleo continuaba. Descubrí que nadie me veía. Era invisible. Decidí dedicarme a vigilar a los demás. Fui a casa. Mis familiares estaban comiendo sin esperarme. Resolví espiarlos. A los postres mi esposo dijo:
―Los funerales de mamá son mañana.
Entonces lo comprendí todo. Estaba muerta. Por eso era invisible.    
(MICRORRELATO SELECCIONADO EN EL II CERTAMEN DE INTERNACIONAL DE  MICRORRELATOS DE MUNDO PALABRAS
 Y PUBLICADO EN EL LIBRO "80 MICRORRELATOS MÁS")


 
EL PROTAGONISTA




            El anciano entró en la sala. Era el primero que llegaba. Desenrolló la cuerda que llevaba en una bolsa. La consideró útil para lo que estaba destinada.
            Una joven vivaracha, con deseos de repartir alegría entre los demás, penetró en la sala.  Se acomodó cerca del anciano. Comenzó a hablar mirándolo.
            —Esta película la he visto dos veces, pero me gusta tanto que voy a verla una vez más —dijo.
            —Sí, es buena, pero el cine no es ya lo que era —replicó el anciano.
            —La crisis está haciendo estragos. Pero no podemos dejar morir el cine. ¡Ah, su rostro me es conocido! ¡Usted es el protagonista de esta película!
            El anciano sonrió complacido. La muchacha se levantó, lo besó y  le devolvió la sonrisa. Se sentó a su lado y comenzaron a hablar de cine en toda su extensión. El anciano explicó a la joven las acciones más importantes del film.
            Cuando acabó la proyección, salieron juntos comentando algunas escenas. La joven acompañó al anciano a la residencia. Él había olvidado en la sala la cuerda con la que tenía pensado colgarse al acabar el largometraje. La muchacha, con su alegría, consiguió que desistiera  de su propósito.
(RELATO SELECCIONADO EN EL IV CERTAMEN DE MICRORRELATOS DE CINE
ARVIKIS-DRAGONFLY Y PUBLICADO EN EL LIBRO "BAJO LA ALFOMBRA ROJA")
                                         
                          EMBAJADORAS DE LA IGUALDAD
                                                                                       


  
La tarde primaveral asomada al balcón de las montañas había iniciado su declive. El cálido sol de mayo se deslizaba dulcemente por el tobogán celeste anhelando rebasar el horizonte y besando las nubes con exquisita ternura para teñirlas de escarlata. El poniente era una hermosa hoguera que pintaba de rosa todas las ilusiones que se albergaban en mi pecho. Caminaba despacio con la mochila cargada a la espalda. Me encontraba muy cansada. Aquella había sido una larga jornada de clases, charlas y debates. Necesitaba sedimentar todas las ideas que bullían en mi interior. Era preciso reflexionar sobre aquel maremágnum de conceptos que se debatía en mi mente.  Habíamos tenido unas jornadas sobre “Igualdad de Género y Participación Ciudadana”.  El profesorado, para verificar que aquellas charlas habían sido fructíferas y nos habían calado dentro, había propuesto realizar unas elecciones libres entre alumnos y alumnas para elegir a nuestros representantes como delegados y delegadas de la Asamblea de Estudiantes. Daniel, el hijo del médico del pueblo, un chico algo pedante, había decidido presentarse. Era un líder indiscutible. Sabía ganarse a la gente. Tenía muchos partidarios en el colegio que iban a apoyarlo. Yo, una chica de doce años, lánguida como la luz del alba, tímida como una gacela e indecisa como una nube volandera, en ausencia de contrincantes, estaba pensando en la remota posibilidad de presentarme para competir con este consumado líder. Parecía una estupidez hacerlo. Sería como caminar hacia el fracaso. Pero, aquí estaba yo con mis vacilantes propósitos nadando en un mar de dudas.




            Cuando pasé cerca del parque, decidí sentarme en un banco para descansar y para meditar mi decisión. En aquel apacible ámbito había niñas y niños pequeños que corrían y gritaban felices como alegres gorriones que se han tirado del nido. De repente, subida sobre un caballito de cartón, vi cabalgar a una niña que trotaba y galopaba como si fuera a lomos de un corcel de espumas. Tal era su euforia que atraía la atención de cuantos se hallaban presentes. Sin embargo, una señora mayor, que parecía ser su abuela, corría tras de ella riñéndole con severidad.
 -¡Ven, Rosita! Deja el caballito que ése no es un juguete para niñas. Dáselo a su dueño.

            Pero la niña, jubilosa, hacía caso omiso de este mandato y corría cada vez más aprisa. Cuando la señora consiguió dar alcance a la pequeña, le arrebató el preciado juguete y, a cambio, le entregó una muñeca. La niña arrojó la muñeca al suelo con una furia inédita y comenzó a llorar con gran desesperación. Mas la señora, implacable, no cedió lo más mínimo. Yo no salía de mi asombro. Qué diferencia entre lo que estábamos aprendiendo en las jornadas y lo que se veía en la calle. Pensé que debía hacer algo para corregir semejante conducta. Pero no resultaba fácil conectar con una persona a la que yo no conocía. No obstante, decidí intervenir.  Como la niña continuaba llorando me acerqué para consolarla. Comencé a jugar con ella y enseguida cesó el llanto. La risa y la alegría volvieron a iluminar su rostro. Agradecida, la abuela vino hasta mí para darme las gracias. De este modo pude entablar conversación con ella. Se interesó por mi identidad y por mi ascendencia. Le dije quien era. Quedó perpleja. Resultaba que yo era la nieta de una de sus mejores amigas, ya difunta. Me besó afectuosamente y me contó algunas anécdotas en las que aparecían mi abuela y ella. Celebré sus relatos con amplias sonrisas. Entonces, yo aproveché tan súbita amistad para hablar del tema que me concernía cuya pedagogía, como fructífera semilla de esperanza, había fecundado en mi pecho.

            Amablemente, sin ningún ánimo de reprenderla, le dije que si su nieta disfrutaba con aquel juguete, no había razón para quitárselo. Que eso de los roles masculino y femenino, no es más que un recurso de la sociedad machista para discriminar a las mujeres y, en el caso de los juguetes, para marginar a las niñas. Entonces vi cómo la señora se entristecía. Su día soleado se había transformado en otro gris y nublado. Entre sollozos me contó que ella había sido víctima de esa odiosa sociedad que corta las alas a las mujeres para que no puedan sobrevolar esos hermosos cielos llenos de libertad  y las ata con cadenas de esclavitud. Ella jamás había podido dirigir el timón de su barco. Los varones de su familia habían conducido sus pasos. Habían anulado su voluntad. Por el hecho de ser mujer, su padre no le había permitido asistir al colegio. Lo que le había impedido aprender a leer y a escribir.  Cuando sus hermanos varones se marchaban a la escuela, ella se quedaba llorando en el escalón de su casa sintiéndose un ser extraño y desgraciado. Alguien que nunca podría desvelar los secretos que le ofrecía la vida, puesto que no la dejaban salir para aprender.
          Luego, la casaron con aquel hombre que cada noche se marchaba a la taberna declinando en ella el cuidado de sus hijos. Éstos jamás supusieron una carga  pero, le impedían realizar actividades que ella deseaba. Ahora que se habían casado todos y que se había quedado viuda, era cuando poseía libertad. Pero a estas alturas ¿para qué la quería?
            Entonces yo, deseosa de ayudarle para que aprovechara este tiempo de libertad, le aconsejé que debía vivir en plenitud y ser dueña de todos sus actos, salir, viajar y conocer el mundo ahora que nadie se lo impedía. Ella comenzó a reír con una risa tan clara como el agua de la lluvia y me respondió que iba a vivir como siempre le había gustado.
            El ocaso, emulando una grisácea nube, comenzó a oscurecer el espacio. Cuando llegué a casa, encontré a papá cómodamente sentado en su sillón leyendo el periódico y a mamá afanándose por concluir la cena. Aquella escena desigual me llenó de indignación. Quise reprender a mi padre, pero  tragándome mi enojo, dije:
            –Papá,  tenemos que repartir las tareas domésticas.  No es justo que mamá  lo haga  todo.
            –De acuerdo –respondió levantándose del sillón–. Me he dejado llevar por la pereza.             Inusitadamente comenzó a ordenar el comedor y a poner la mesa. Mi madre me lo agradeció con un beso. Luego me felicitó por lo bien que estaba asimilando los contenidos de las jornadas y me dijo que las mujeres teníamos que ser embajadoras de la igualdad. Aquella frase me gustó mucho. Definía el oficio que yo había comenzado a desempeñar, primero en el parque y después en casa. Me dirigí a mi dormitorio para apuntarla en mi diario, meditarla en mi interior y luego entregarme al sueño.  Cuando le conté a mi tutora las experiencias del día anterior, me dijo:
            –Estás actuando convenientemente. Si todas las mujeres nos concienciáramos de la relevancia de las relaciones igualitarias entre sexos, del reparto justo del poder y de todas las tareas, mejoraríamos el mundo, dominado por la ideología machista. Las mujeres debemos ser embajadoras de la igualdad. Si no somos nosotras, ¿quién va a serlo?
            Otra vez aquella hermosa frase. Parecía que la tutora y mi madre se habían puesto de acuerdo, y, sin embargo, sabía que no se habían visto desde hacía algún tiempo. Sería empatía. Acuerdos tácitos.  Cuando le dije a la “seño” que estaba dudosa sobre el hecho de presentarme a las elecciones del colegio, me animó mucho.

           –Chicas convencidas como tú es lo que se necesita.  Búscate apoyos y verás como los encuentras.
             Enseguida encontré seguidores.  Aquella misma tarde nos reunimos para nombrar responsables. Cuando Daniel conoció mi iniciativa, alardeó de su triunfo y pronosticó para mí una vergonzante derrota.
            –Una chica para delegada. ¡Bah! Que nos dejen a los chicos gobernar el mundo. Ellas no valen para eso.
            Mi grupo y yo, sin hacer caso de semejante presunción, nos dedicamos a confeccionar los programas que debían estar concluidos antes de las elecciones para que pudieran ser conocidos por todos. Era muy hermoso trabajar por el la igualdad entre el alumnado. La población infantil y juvenil tenía muchas iniciativas que era preciso canalizar. El día de las elecciones había llegado. Ante las perspectivas de Daniel que pronosticaba para ellos el triunfo,  yo me sentía algo cohibida, pero no lo manifestaba al exterior. Procuraba mostrarme alegre, jovial y confiada para transmitir seguridad a mis seguidores y a quienes aún no tenían decidido a quién elegir.  Cuando comenzó el recuento de votos creció mi inquietud.  No obstante, las cosas no resultaron como Daniel había augurado. La balanza estaba muy equilibrada. Al final, por un margen pequeño, ganó mi grupo. Daniel estaba indignado.  Sin embargo, hubo de resignarse. Todos tenemos que saber ganar y perder. Éste es el juego de la democracia y de las relaciones igualitarias.
            Para ratificar nuestra victoria, el día de la fiesta de fin de curso debíamos exponer nuestro programa ante toda la concurrencia. Habíamos invitado a todos los miembros de la comunidad educativa. Comencé dando las gracias a todos por su asistencia. Luego agradecí al alumnado el habernos elegido. Después dije:
            Nuestro grupo apoya la igualdad entre chicos y chicas. Todos y todas tendrán los mismos derechos y los mismos deberes. Para las elecciones a delegados de curso, se fomentará la participación femenina. Si el delegado es un chico, la subdelegada será chica y a la inversa. Los vocales se elegirán también en aras a la paridad. En cuanto a la dirección y organización de la biblioteca escolar, de la representación en el Consejo Escolar del Centro o de cualquier puesto de responsabilidad que el colegio oferte, podrán optar los miembros de ambos sexos. Hombres y mujeres somos ciudadanos del mundo. El poder y los cargos de responsabilidad han de repartirse entre todos. La mujer que esté bien preparada puede desempeñar cualquier puesto al que concurra del mismo modo que el varón.
            Por último añadí: –Las mujeres y las chicas tenemos que ser embajadoras de la igualdad.
            Una lluvia de aplausos, inundó el local. La luz, caló en muchos corazones para hacerles comprender la necesidad de luchar a favor de la igualdad entre hombres y mujeres y, en definitiva, entre todos los seres humanos.

Este relato resultó premiado en el VIII Concurso de Relatos  de Mujer SEBA PALACIOS convocado por el Excmo. Ayto. de  La  Guardia de Jaén.  Marzo de 2013. 
                                   ELVUELO DE LA PALOMA

El carro se había atascado en un lodazal. El viejo mulo resoplaba fatigado. Realizaba ímprobos esfuerzos por seguir adelante, pero, con aquel ingente peso que arrastraba, le resultaba imposible. El decrépito arriero lo fustigaba con furia y lanzaba por su boca imprecaciones y denuestos. Luego, comprobando el cansancio y la impotencia del animal, desistió de volver a flagelarlo con la cimbreante vara que asía en su mano. Pidió ayuda a la gente de a pie. Situados en la parte trasera del carro y en los laterales, todos comenzaron a empujar mientras el arriero palmeaba las ancas del desfallecido animal en un intento de animarlo a reanudar la marcha.
            —Si no llevaran tantos cachivaches en el carro, sería mucho más fácil salir de los barrizales —rezongaba entre dientes el arriero.
            Entre los cachivaches, como los había denominado aquel pobre hombre que vagaba hundido en la ignorancia, se encontraban: enciclopedias y diccionarios, libros de varias disciplinas así como de relato, novela y poesía, instrumental docente para facilitar el aprendizaje a los alumnos y copias de cuadros famosos, de Velázquez, de Murillo, de Goya etc. para dar a conocer las obras de arte a los habitantes del país. También iba el equipaje del profesorado y del personal auxiliar porque todos ellos se disponían a pasar una larga temporada lejos de casa.
            Una vez superado el lodazal, el carro rodaba ligero camino adelante. Al rebasar una curva, el pueblo serrano al que se dirigían apareció ante sus ojos. Los jóvenes que formaban aquella grata misión, acompañados de sencillos instrumentos musicales, comenzaron a cantar. El aire fresco de la tarde primaveral se endulzaba con los alegres cánticos que entonaban. El eco de sus melodías, impelido por el viento, se expandía, jubiloso, llamando a las puertas de las casas para animar a sus moradores  a abrir sus corazones al saber y a la cultura. La tarde había comenzado a declinar. El sol era ya tan sólo una mancha azafranada que estaba a punto de ocultarse tras la sinuosa línea que perfilaba el horizonte. Un grupo de chiquillos expectantes, con rostro alegre y abigarrado y mísero atuendo, salió a recibirlos. Sus vivarachos ojos, como luceros sorprendidos, alucinaban contemplando la inusitada caravana. Una joven, risueña, les ofreció caramelos y chicles que los pequeños engullían con una fruición inédita, como si jamás hubieran degustado una golosina.
            La comitiva, engrosada con la población infantil, se dirigió hacia la plaza del pueblo donde fue recibida por las autoridades y por un nutrido grupo de gente entre el que destacaba la juventud de ambos sexos. Después de repartir octavillas con las actividades que, a partir de aquel día, se iban a realizar en la localidad, recorrieron las principales calles del pueblo para hacer patente su presencia a todos los habitantes.
            Al día siguiente comenzaría su labor pedagógica. Habría clases, exposiciones, conferencias, charlas, debates, lecturas dirigidas, recitales poéticos, teatro y sesiones de cine. Aquellas misiones pretendían hacer llegar la cultura y el saber a todos los lugares. La gente joven era su cometido primordial. No obstante, no habría restricciones por razón de edad, sexo o nivel social. Las puertas y el corazón de aquellos jóvenes profesores se abrían para todos los habitantes del pueblo.
            Corría la primavera de 1932. El Gobierno de la II República Española, conocedor del gran retraso cultural en que yacían sepultados los pueblos de España, decidió enviar misiones pedagógicas a todos los rincones del país con el objetivo de sacar de la ignorancia y de la incuria a jóvenes y adultos, porque, una vez superada la etapa escolar, carecían de cualquier posibilidad de continuar con su formación que, por otra parte, era muy baja.
            Desde aquel día, la vida de las gentes de aquel pueblo tenía nuevos alicientes. Los adultos visitaban las exposiciones, asistían a las conferencias, al teatro y al cine, mientras que los jóvenes, sin desdeñar dichas actividades, optaron por las clases, las charlas participativas, los debates y los recitales poéticos. Transcurridos algunos meses, la mentalidad de aquellas gentes fue cambiando. La cultura y el saber comenzaron a anidar en sus corazones y a dar su fruto.
            Esperanza, una joven del pueblo, delicada y frágil como una paloma, se afanaba ayudando a su madre en las tareas domésticas para que, una vez finalizadas, la dejara asistir a aquellas clases que llenaban su alma de gozo. Luisa, la madre, jamás había visto a su hija tan entusiasmada y tan interesada por alguna actividad.
            —Esperanza, ¿no crees que te estás tomando demasiado interés por esas clases? Tú lo que deberías estar haciendo es bordando el ajuar.
            —¡Madre, las clases me encantan! Estamos aprendiendo tantas cosas... Historia, Geografía, Sociología, Matemáticas, Lengua... Ya sé escribir una carta y leer y comprender un texto... Y pensar, madre, reflexionar sobre los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor para que nadie nos manipule, para poder vivir en libertad... El ajuar puede esperar...
            —¡Ay, hija, qué cosas dices! Las mujeres no tenemos que aprender tanto. Con saber llevar la casa, atender al marido y criar a los hijos, nos basta. Y el ajuar no puede esperar. Tu padre ya te ha buscado un esposo. No tardarás en casarte.
            —Yo no quiero casarme con un hombre al que no conozco. Quiero casarme por amor.
            —No digas eso, hija, y procura que no te oiga tu padre. Podríamos tener problemas. Y, por cierto, ¿qué es eso del amor? Las mujeres no podemos elegir. Tenemos que casarnos con quien elija el padre. Con el tiempo, del roce diario, va naciendo el cariño.
            —Sí, el cariño y en algunas ocasiones el odio... ¿qué puede usted contar de un hombre que no la valora como persona, que no tiene en cuenta su opinión, que le obliga a hacer las cosas como él quiere y, en definitiva, que la maltrata? ¿Qué ha conseguido usted con casarse, madre? Quizá estabilidad económica, prestigio social, pero no felicidad. No ha encontrado el apoyo moral y el amor que todas buscamos en el hombre.
            Las palabras de Esperanza lograron penetrar en el corazón de la madre que rebuscaba en su interior y sólo hallaba soledad y vacío. Entonces la pena desbordó su alma y las lágrimas inundaron sus ojos. Con un susurro entrecortado por los suspiros y por el llanto tácito, consiguió musitar:
            —Quizá tu padre no me haya dado lo que yo esperaba porque es un poco bruto, pero no es malo, es sólo un hombre como tantos otros. Luego llegaste tú y llenaste toda mi vida. ¿Qué quiero más? Lo que no entiendo es cómo hablas de ese modo, cómo puedes haber cambiado tanto desde que asistes a esas clases.
            —Madre, me están abriendo los ojos al mundo. María, una de las profesoras de la misión, nos ha dicho que las mujeres tenemos los mismos derechos que el varón, por eso no debemos someternos a él. Hemos de decidir por nosotras mismas en todo lo que nos concierna. También nos ha dicho que las mujeres ya podemos elegir a nuestros representantes políticos. Una mujer muy valiente, llamada Clara Campoamor, debatiendo y luchando en el Parlamento contra viento y marea, ha conseguido el sufragio universal, el voto femenino. Es estupendo, madre, cuando sea mayor podré votar en las elecciones. Usted ya puede hacerlo.
            —Yo tendré que votar lo que diga tu padre que es quien entiende de política. Yo no sé nada.
            —¿Lo ve, madre? No está preparada. Las mujeres no podemos quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que preocuparnos por aprender. Véngase esta tarde a clase conmigo. Ya verá qué profesores tan competentes. Nos animan a aprender y a no desfallecer nunca en ese intento.
            —Yo no puedo acompañarte, hija. Tu padre no querrá. ¡Calla, parece que llega! Si supiera lo que estás aprendiendo en las clases, no te dejaría volver.
            La presencia del padre, con su voz ronca como el trueno, sus ademanes despóticos y sus aires de prepotencia, llenó la casa de sordidez y de fobia.
            —¡Luisa! —gritó como un desaforado—. ¿Es que no me has oído?
            —Sí, ya venía —susurró la mujer con el alma embebida.
            —Y la niña, ¿dónde está? —demandó con gesto esquivo.
            —Está en el salón, bordando el ajuar.
            —Eso es lo que tiene que hacer. Ya no irá más a esas dichosas clases donde dicen que les llenan la cabeza de pájaros y les enseñan cosas que no necesitan para nada. Las mujeres sólo tienen que aprender a ser buenas amas de casa. Lo demás son pamplinas. Dentro de una semana va a venir el pretendiente para conocerla. El ajuar tiene que estar terminado enseguida. La boda se celebrará pronto.
            Cuando Esperanza escuchó las palabras que había proferido su padre, se estremeció. Algo comenzó a resquebrajarse en su interior. Sin embargo, ella, sin demasiado éxito, procuraba recomponerlo con el ímpetu que dimanaba de su juventud. Luego, un grito de rebeldía brotó de su corazón, no obstante, se sintió obligada a sofocarlo en su garganta para evitar que emergiera al exterior y le ocasionara más problemas de los que ya tenía, pero lo gestó en su pecho y lo amamantó en su alma, hecho que le ayudó a obviar sus desazones.
            —Iré a clase por encima de todo. Me da igual lo que opine mi padre —pensó.
            Entonces recogió la labor, tomó sus libros y se dispuso a salir de casa. Su madre, que la había visto, corrió tras de ella.
            —Hija, ¿no has oído lo que ha dicho tu padre?
            —Sí, madre, lo he oído todo, pero necesito asistir a clase. Me moriría si tuviera que faltar.
            Después, observando el desasosiego que padecía su madre, añadió:
            —Si mi padre pregunta por mí, dígale que estoy con Amalia, mi amiga de toda la vida, o invente cualquier excusa para justificar mi ausencia.
            —Si descubre que lo engañamos, no sé lo que va a ocurrir.
            —No lo descubrirá. No se preocupe.
            Esperanza dio un beso a su madre y se alejó por la calle tan feliz como una ráfaga de color rojo en busca del arco iris para dibujarse en un cielo transparente con toda la plenitud de su esencia.
            Aquella noche, cuando Esperanza regresó a casa, encontró a su madre triste y acongojada. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto, licuados por las lágrimas retenidas y su pecho, atenazado por la pena. Las mejillas le ardían. Lo notó cuando rozó su rostro con sus carnosos labios para besarla. Tal vez, aquel marido prepotente y cruel la había abofeteado por causa de su ausencia. Ella, que se dedicaba a encubrir a su hija, en la mayoría de las ocasiones salía malparada. No pudieron intercambiar palabra alguna porque, de súbito, apareció el padre bramando como una fiera embravecida. Miró a Esperanza con un furor inédito y, asiéndola por un brazo, la zarandeó con la rabia de un vendaval. Luego vociferó con la fuerza de un trueno:
            —¡No volverás más a esas clases! Desde mañana, todas las tardes, antes del anochecer, te encerraré en tu dormitorio. Allí estarás hasta que amanezca. Yo mismo me encargaré de vigilarte. No me fío de tu madre. Te ha malcriado, de ahí tus rebeldías y tus desobediencias.
            Sus palabras actuaron sobre sí mismo como un narcótico. Fue como saborear el triunfo de su tiranía. Más sosegado ya por causa de su discurso, añadió:
            —Dentro de una semana viene tu pretendiente a conocerte. Espero que seas amable con él, se lo merece. Ese mismo día fijaremos la fecha de la boda. Deberías sentirte orgullosa con este enlace que va a emparentarnos con gente adinerada e importante.
            Esperanza, que temblaba como una víctima inocente en manos de su verdugo, no osó pronunciar palabra. Tan sólo asintió con un liviano movimiento de cabeza mientras se tragaba su orgullo de mujer humillada que detestaba mostrar su aflicción en presencia del tirano. Mas, cuando se encontró a solas en su cuarto, dio rienda suelta a la pena. Entonces, las lágrimas rodaron por sus mejillas como gotas de tristeza que brotaban de su alma para ir a acrecentar los sombríos caudales del dolor y de la amargura de todas las mujeres subyugadas por el varón.
            Recluida en su jaula, la paloma estaba totalmente imposibilitada para levantar el vuelo.  Los días de su soledad transcurrían lentos y tristes, marcados por el sello cruel de la melancolía y del aislamiento. A menudo, buceaba en el lago visceral de sus deseos insatisfechos. Anhelaba con todas las fuerzas de su alma asistir a clase para entrevistarse con aquellos docentes que le habían abierto los ojos a la vida y le habían ayudado a mirar el futuro con ansias de libertad y deseos de superación. Le habían enseñado a cuestionar los sucesos y a descubrir sus causas ocultas, a valorar las cosas en su justa medida y a sacar conclusiones. Había aprendido a reflexionar sobre el orden establecido en el mundo y a entender que sólo beneficiaba al varón y a las clases adineradas. A partir de estos aprendizajes, ya no podía permanecer impasible ante las injusticias, tenía que rebelarse contra ellas. No obstante, en esta ocasión, de poco le había valido su rebeldía. Tuvo que ocultarla en lo más profundo de su ser para no salir aún más perjudicada. Hubo de aceptar la decisión de su padre de permanecer recluida en casa y mostrarse sumisa para evitar su cólera.
            Los diálogos que en otras ocasiones mantuviera con su madre, ya no tenían lugar. La pena se había apoderado de su alma y le impedía comunicarse con los demás, incluso con su progenitora que siempre había sido para ella un bálsamo que curaba sus heridas, que, hasta entonces, parecían haber sido superficiales. Sin embargo, ésta era de una profundidad tal que tan sólo podía curarse con alguna medida drástica. Por esta causa, prefería permanecer taciturna y reflexiva para ver si de este modo encontraba alguna solución para librarse de la reclusión.
Uno de aquellos días tristes en los que Esperanza yacía hundida en la túrbida marea de sus penas, recibió una inesperada visita. Era Amalia, amiga desde la infancia y últimamente compañera en las clases que se impartían en las misiones pedagógicas. Encerradas en el dormitorio, ambas charlaron durante un buen espacio de tiempo.
            Aquella inusitada visita y la conversación mantenida parecieron encender una chispa de entusiasmo en las pupilas de Esperanza. El resto del día, se mostró más comunicativa con su madre e incluso le dedicó alguna sonrisa. Luisa celebró interiormente el cambio de actitud de su hija. Por la noche, cuando el padre acudió a su alcoba para encerrarla con llave, aunque no intercambió palabra alguna con ella, la encontró más animada que las noches anteriores. Complacido, pensó que aquella actitud era el inicio de la rendición de Esperanza para acatar sus órdenes con buen talante. Se lo comentó a su esposa, la cual ratificó su observación, pero evitó mencionar la visita de Amalia para eludir problemas.
            Al día siguiente, antes de que la primigenia luz del alba besara el alfeizar de su ventana, Luisa se levantó. Después de prepararle el desayuno a su esposo y despedirlo como cualquier otro día, se dirigió al aposento de Esperanza para despertarla y librarla de la reclusión porque las faenas de la casa aguardaban. Aquella tarde esperaban la visita del pretendiente de la joven y de su familia y había muchas tareas que realizar para agasajar a los invitados, como era costumbre.
            La estancia se encontraba envuelta en la penumbra. El perfume de Esperanza vagaba en suspensión en el ambiente como una nube en el aire. La joven aún no se había despertado. La frágil huella de su cuerpo entregado al descanso, se perfilaba liviana bajo las sábanas. Mas, cuando la madre se acercó para palpar tan delicadas formas, advirtió el fiasco. No era el cuerpo de Esperanza el que reposaba en el lecho, era la almohada. De súbito, Luisa corrió hacia el balcón y lo encontró abierto. Luego halló una cuerda anudada a los barrotes. Entonces lo comprendió todo. Esperanza había escapado aquella noche. De ahí su cambio de actitud. Todo había sido preparado con gran minucia y cautela. Amalia había sido el enlace entre su hija y quienes le habían preparado la fuga. Derramando lágrimas de amargura, se dejó caer en el lecho. Entre las sábanas blancas encontró un papel doblado. Era una carta que supuestamente había escrito Esperanza. Aquellos grafos resultaban para ella ininteligibles. Eran un jeroglífico imposible de descifrar porque no sabía leer. Con un sentimiento bipolar de desencanto y de fe, se secó las lágrimas y, con la inquietud a flor de piel, corrió hacia el lugar donde su hija había recibido las clases para que alguien le desvelara el mensaje de tan importante misiva. Una mujer joven, de aspecto sereno y mirada dulce que dijo llamarse María y que tenía en gran estima a Esperanza, procedió a dar lectura a la carta:
           
Querida madre:
            No he podido resignarme a aceptar el camino que mi padre, sin contar con mi opinión, había trazado para mí. No puedo unir mi vida a un hombre al que apenas conozco y al que no amo. Sería desgraciada el resto de mi vida.
            He aprendido que las mujeres también podemos elegir nuestro camino, que podemos decidir por nosotras mismas, que el rol de la mujer no puede consistir única y exclusivamente en realizar las tareas domésticas, atender al esposo y criar a los hijos. Si ella se prepara convenientemente para desempeñar un cargo relevante, puede ser tan competente como el varón.
            Hoy se han abierto las puertas de la libertad para mí. Voy a estudiar y a prepararme para
ser útil al mundo. Tal vez me haga maestra, me gusta la docencia. Tengo amigos y amigas que van a ayudarme. Tendré que trabajar duro, pero no me importa. Algún día regresaré para abrazaros y contaros todos mis progresos. No sufra usted, madre. Voy a ser muy feliz trabajando, estudiando y haciendo lo que me gusta. Sé que usted lo comprenderá. Le agradezco el apoyo que siempre me ha prestado. El que no sé si lo va a entender, es padre. Explíquele mis intenciones. Quizá algún día comprenda que estaba equivocado. Que no se puede coaccionar a los hijos, que hay que dejarlos que decidan por ellos mismos para que puedan recorrer con alegría las veredas que conducen a la libertad.
            Un abrazo. Esperanza.
            Las lágrimas rodaban por las mejillas de la madre como gotas de rocío que van a regar las flores de la ilusión. Su corazón, a pesar de la inesperada ausencia de su hija, saltaba jubiloso dentro de su pecho porque sabía que la paloma había iniciado el vuelo, que había roto las cadenas de la esclavitud femenina para sobrevolar, a lomos del viento, los apacibles cielos de la libertad.

RELATO QUE HA OBTENIDO EL PRIMER PREMIO EX- AEQUO EN EL V PREMIO DE NARRATIVA CORTA CAROLINA PLANELLS DE PAIPORTA (VALENCIA)  MARZO DE 2013.

La portada del libro donde está publicado este relato puedes verlo en Antologías de Narrativa.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias Mariángeles por los buenos ojos con que me miras y el buen corazón con que me lees.

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